GABRIEL MIRÓ Y LOS GITANOS
Sigüenza -el otro yo literario de Gabriel Miró- está en Polop, en la heredad de alquiler, en plena canícula estival, con la trilla a término. A su cuarto llega la voz de la labradora que discute con una familia de gitanos que piden, gimen, un costal de paja. La labriega no puede limosnear; la mies es de los campesinos que acuden a la heredad a trillar. Como la disputa no cesa, Sigüenza sale en ayuda de la patrona y consigue ahuyentar a los calés.
A la atardecida, Sigüenza desea ir al otro pueblo; el otro pueblo es La Nucía, "toda blanca, con sus vides de
portal, sus escalones de naranjos y
limoneros, sus secanos de tierras pálidas de porcelanas". Esta vez no irá a platicar con el
cura, don Joaquín Calatayud Vila, ni con el
secretario del Ayuntamiento, don Enrique Montiel Mayor. Sigüenza quiere
comprar en La Nucía porque "le agrada sentarse en la tienda", donde se arrima a "los montones de
aperos, de odres,
de cedazos". Miró describe minuciosamente la tienda: " De las vigas cuelgan los
racimos de la cordelería; sogas, cinchas, esportillas, alpargatas, cabezales, alternando con la
variedad de los géneros de batihoja; crisuelos, faroles, coladores, alcuzas, moldes de cuajar pastas
y confituras. En los
anaqueles se reúne todo lo que puede saciar los deseos de la humanidad de muchas leguas:
rodillos de lienzo, basquiñas, calzas y tocas; azafrán, pimiento molido,
azúcar, lejía, anís escarchado, torcidas de candiles, almidón y petróleo. En una grada de arcones abiertos, están los granos, las
simientes y harinas. En un poyo, reposan los toneles y zafras; en una
rinconada, se junta la obra de alcaller: lebrillos, cántaros, tinajas, orzas, cósioles... En las alacenas
del portal
se ofrece la mercería y bujería: dedales, alfileres, cadejos y abalorios;
sorpresas, figuritas de alfeñique, puros de regalicia, peonzas de zumbel de colores...; y las vidrieras se
empañan de la respiración de las criaturas que vienen a mirar. El olor de esa tienda, tan humilde y concreto,
es olor de mundo."
Era
la tienda la de Joaquín Lledó Devesa, XimoCodolla,
hacendado propietario. El comercio ocupaba la totalidad de la ringlera
de casas
de la segunda manzana, en sentido ascendente, de la calle la Iglesia, las últimas en aquellos años; en
frente se situaba el lagar y la almazara. La tienda del tío XimoCodollaera
muy renombrada; a ella acudían los acemileros de la comarca y de la Montaña a mercar los más
variopintos productos. En los muros de la fachada se contaban hasta 16 argollas para asir los ronzales de
las caballerías.
Joaquín Lledó Codolla, XimoCodolla,1864-1930.
El tío Ximo
Codolla pertenecía a una pudiente familia nuciera. Su hermano Pedro era propietario de un comercio
en la plaza Mayor, de un molino harinero que suministraba energía eléctrica al pueblo y llevaba la gerencia del teatro; su otro
hermano, Antonio, era médico. Los tres hermanos formaron la sociedad
"Lledó Hermanos", subcontratista de las obras de la carretera de Pego a
Benidorm.
En la tienda del tío Ximo Codolla, Sigüenza "ve pasar las
abuelitas con
su panilla de aceite, o con sus tazas de creciente para que la hijaamase el pan de la semana; allí fuma con el que es también
hacendado y habla de heredades".
Sigüenza se
encamina a La Nucía. La labradora le advierte
del peligro que corre si los gitanos le salen al encuentro. Los gitanos puede que no hayan olvidado su afrenta y
se ensañen en él. Sigüenza ya no se
acordaba de ellos. Podría enviar a las mozas a comprar o ir él mismo pero de
día. Mas no, la tarde es apacible y larga; el sol tardará en ocultarse en los hombros del Ponoig; no parece, pues, probable que le ocurra nada.
Cae el día, Sigüenza toma la carretera que le
llevara a La Nuca. En el camino se cruza con los ganados, leñadores y
jornaleros de regreso a sus casas.
Los gitanos, antaño, en su trashumancia acampaban
bajo algún olivo, almendro o algarrobo de las afueras de
los pueblos. Sigüenza no ve a ninguno bajo los árboles, ni tampoco fogatas. Sin
duda no están. Ahora Sigüenza camina reposado, porque no era el temor lo que le
hacía andar aprisa sino, sin proponérselo, el deseo de encontrar a la diligencia
o el automóvil para el regreso.
Al pasar por el paraje de els Tres Pontets,oye
croar las ranas. Se asoma y no ve los jumentos, ni a sus dueños. El clan no
está bajo el puente.
Apenas abandona el puente, un repecho con socavones
a los lados, vestigios de los trabajos de cantería para abrir la carretera, es
refugio de mendigos y también de gitanos. Sigüenza mira y tampoco estaban ahí.
La carretera bordea por un lado el monte pelado,
"de roca de plomo”;al
otro, el barranco de Porvilla. Sigüenza
sabe que en su cauce hay dos molinos harineros -aceñas-, el llamado de Rovira o
Romana y el de Gabriela o Molinet. Oye el murmullo bravío de las aguas que se
precipitan cauce abajo. Le asusta el abismo, las curvas cerradas de la
carretera. Camina firme y aprisa; extrema su mirada. Sus pies y ojos están
cansados.
Y llega al pueblo bajo las primeras estrellas. El
tío Ximo Codolla" le acoge rodeado de gentes labradoras". Sigüenza hace la compra, mira a las
viejecitas que mercan, se marcharía, pero no lo hace; se encuentra cómodo en la
tienda.
Un estruendo de bocinas, polvareda y luz de faros de
acetileno en la carretera; es el automóvil de línea. Sigüenza no se va. Aún ha
de venir la diligencia, marchará en ella.
Mientras tanto, el tío Ximo Codolla explica a
los clientes el gozo de Sigüenza en caminar de noche, con el atadijo de lo que
mercócolgado de
la cayada, y la cayada en el hombro..Una nuciera, una parroquiana, interpela a Sigüenza si no
tiene miedo a caminar de noche. El tío Ximo Codolla y los presentes se ríen; Sigüenza también ríe, pero la pregunta de la moza la repite
Sigüenza. ¿Miedo? Durante el camino no ha visto a ningún gitano, pordiosero, mendigo ni gente deesta
clase.
Suenan
las colleras de la diligencia del tío Correuer de Polop, los
crujidos de la tralla. Sigüenza podría esperarla en la venta, subir y sentarse al lado del
mayoral. Pero Sigüenza no se mueve de la tienda. Pasa la diligencia Ya no hay remedio, hará el camino a pie
Sigüenza se despide del tío Ximo Codolla, le sonríe y estoicamente le dice: "En fin... veremos si me
salen los gitanos;" Los parroquianos y el tenderose pasman al oír la
exclamación de Sigüenza, y éste les cuenta lo sucedido por la mañana. Y el tío Ximo Codolla
le contesta: Yo los vi, yo los vi cuando venía
del olivar. No le saldrán porque están a la otra banda de la carretera. No
tenían paja; y una de sus mujeres daba compasión porque había parido en el suelo como una borrega..."

