viernes, 1 de julio de 2016

GABRIEL MIRÓ Y LOS GITANOS

GABRIEL MIRÓ Y LOS GITANOS 



Sigüenza -el otro yo literario de Gabriel Miró- está en Polop, en la heredad de alquiler, en plena canícula estival, con la trilla a término. A su cuarto llega la voz de la labradora que discute con una familia de gitanos que piden, gimen, un costal de paja. La labriega no puede limosnear; la mies es de los campesinos que acuden a la heredad a tri­llar. Como la disputa no cesa, Sigüenza sale en ayuda de la patrona y consigue ahuyentar a los calés.
A la atardecida, Sigüenza desea ir al otro pueblo; el otro pueblo es La Nucía, "toda blanca, con sus vides de portal, sus escalones de naranjos y limoneros, sus secanos de tierras pálidas de porcelanas". Esta vez no irá a platicar con el cura, don Joaquín Calatayud Vila, ni con el secretario del Ayuntamiento, don Enrique Montiel Mayor. Sigüenza quiere comprar en La Nucía porque "le agrada sen­tarse en la tienda", donde se arrima a "los montones de aperos, de odres, de cedazos". Miró describe minuciosamente la tienda: " De las vigas cuelgan los racimos de la cordelería; sogas, cinchas, esportillas, alpargatas, cabezales, alternando con la variedad de los géneros de batihoja; crisuelos, faroles, coladores, alcuzas, moldes de cuajar pastas y confituras. En los anaqueles se reúne todo lo que puede saciar los deseos de la humanidad de muchas leguas: rodillos de lienzo, basquiñas, calzas y tocas; azafrán, pimiento molido, azúcar, lejía, anís escarchado, torcidas de candiles, almidón y petróleo. En una grada de arcones abiertos, están los granos, las simientes y harinas. En un poyo, reposan los toneles y zafras; en una rinconada, se junta la obra de alca­ller: lebrillos, cántaros, tinajas, orzas, cósioles... En las alacenas del portal se ofrece la mercería y bujería: dedales, alfileres, cadejos y aba­lorios; sorpresas, figuritas de alfeñique, puros de regalicia, peonzas de zumbel de colores...; y las vidrieras se empañan de la respiración de las criaturas que vienen a mirar. El olor de esa tienda, tan humilde y con­creto, es olor de mundo."
Era la tienda la de Joaquín Lledó Devesa, XimoCodolla, hacen­dado propietario. El comercio ocupaba la totalidad de la ringlera de casas de la segunda manzana, en sentido ascendente, de la calle la Iglesia, las últimas en aquellos años; en frente se situaba el lagar y la almazara. La tienda del tío XimoCodollaera muy renombrada; a ella acudían los acemileros de la comarca y de la Montaña a mercar los más variopintos productos. En los muros de la fachada se contaban hasta 16 argollas para asir los ronzales de las caballerías.



Joaquín Lledó Codolla, XimoCodolla,1864-1930.

El tío Ximo Codolla pertenecía a una pudiente familia nuciera. Su hermano Pedro era propietario de un comercio en la plaza Mayor, de un molino harinero que suministraba energía eléctrica al pueblo y lle­vaba la gerencia del teatro; su otro hermano, Antonio, era médico. Los tres hermanos formaron la sociedad "Lledó Hermanos", subcontratista de las obras de la carretera de Pego a Benidorm.
En la tienda del tío Ximo Codolla, Sigüenza "ve pasar las abuelitas con su panilla de aceite, o con sus tazas de creciente para que la hijaamase el pan de la semana; allí fuma con el que es también hacendado y habla de heredades".
Sigüenza se encamina a La Nucía. La labradora le advierte del peligro que corre si los gitanos le salen al encuentro. Los gitanos puede que no hayan olvidado su afrenta y se ensañen en él. Sigüenza ya no se acordaba de ellos. Podría enviar a las mozas a com­prar o ir él mismo pero de día. Mas no, la tarde es apacible y larga; el sol tardará en ocultarse en los hombros del Ponoig; no parece, pues, probable que le ocurra nada.
Cae el día, Sigüenza toma la carretera que le llevara a La Nuca. En el camino se cruza con los ganados, leñadores y jornaleros de regreso a sus casas.
Los gitanos, antaño, en su trashumancia acampaban bajo algún olivo, almendro o algarrobo de las afueras de los pueblos. Sigüenza no ve a ninguno bajo los árboles, ni tampoco fogatas. Sin duda no están. Ahora Sigüenza camina reposado, porque no era el temor lo que le hacía andar aprisa sino, sin proponérselo, el deseo de encontrar a la diligencia o el automóvil para el regreso.
Al pasar por el paraje de els Tres Pontets,oye croar las ranas. Se asoma y no ve los jumentos, ni a sus dueños. El clan no está bajo el puente.
Apenas abandona el puente, un repecho con socavones a los lados, vestigios de los trabajos de cantería para abrir la carretera, es refugio de mendigos y también de gitanos. Sigüenza mira y tampoco estaban ahí.
La carretera bordea por un lado el monte pelado, "de roca de plomo”;al otro, el barranco de Porvilla. Sigüenza sabe que en su cauce hay dos molinos harineros -aceñas-, el llamado de Rovira o Romana y el de Gabriela o Molinet. Oye el murmullo bravío de las aguas que se precipitan cauce abajo. Le asusta el abismo, las curvas cerradas de la carretera. Camina firme y aprisa; extrema su mirada. Sus pies y ojos están cansados.
Y llega al pueblo bajo las primeras estrellas. El tío Ximo Codolla" le acoge rodeado de gentes labradoras". Sigüenza hace la compra, mira a las viejecitas que mercan, se marcharía, pero no lo hace; se encuentra cómodo en la tienda.
Un estruendo de bocinas, polvareda y luz de faros de acetileno en la carretera; es el automóvil de línea. Sigüenza no se va. Aún ha de venir la diligencia, marchará en ella.





Gabriel Miró

Mientras tanto, el tío Ximo Codolla explica a los clientes el gozo de Sigüenza en caminar de noche, con el atadijo de lo que mercócolgado de la cayada, y la cayada en el hombro..Una nuciera, una parroquiana, interpela a Sigüenza si no tiene miedo a caminar de noche. El tío Ximo Codolla y los presentes se ríen; Sigüenza también ríe, pero la pregunta de la moza la repite Sigüenza. ¿Miedo? Durante el camino no ha visto a ningún gitano, pordiosero, mendigo ni gente deesta clase.
Suenan las colleras de la diligencia del tío Correuer de Polop, los crujidos de la tralla. Sigüenza podría esperarla en la venta, subir y sentarse al lado del mayoral. Pero Sigüenza no se mueve de la tienda. Pasa la diligencia Ya no hay remedio, hará el camino a pie
Sigüenza se despide del tío Ximo Codolla, le sonríe y estoicamente le dice: "En fin... veremos si me salen los gitanos;" Los parroquianos y el tenderose pasman al oír la exclamación de Sigüenza, y éste les cuenta lo sucedido por la mañana. Y el tío Ximo Codolla le contesta: Yo los vi, yo los vi cuando venía del olivar. No le saldrán porque están a la otra banda de la carretera. No tenían paja; y una de sus mujeres daba compasión porque había parido en el suelo como una borrega..."