GUERRA DEL FRANCÉS
El 22 de diciembre de 1808 una Real Orden manda que en todos los pueblos de fuera del teatro de la guerra se formen los Cuerpos de Milicias de Infantería y Caballería con el objeto de salvaguardar la paz y tranquilidad del reino. Los jornaleros de cuyo trabajo personal dependa la subsistencia familiar están liberados de las armas ; no así los maestros ni los individuos de renta superior a las mil libras. De igual modo, quedan exentos del servicio de las armas los que profesan órdenes sagradas, los menores de diez años y mayores de sesenta. No recibirán estipendio y a su cargo estará la vestimenta, el uniforme y las armas. Un oficial retirado o persona distinguida, honrada y acaudalada con residencia en el pueblo será el jefe de las milicias. Cuando no estaban de servicio, podían ocuparse en sus menesteres habituales, labores agrícolas u oficios. No se puede probar que este ejército popular se enfrentara a los franceses, aunque sí existieron motivos para su intervención. Las tropas napoleónicas asediaron a los pueblos costeros de La Marina ; los de tierra adentro no recibieron tal hostilidad, aunque sin duda los lugareños vieron siempre amenazadas sus vidas.
La ocupación de Altea por las tropas francesas condujo a la disolución de la comunidad de frailes del Hospicio. En consecuencia, el 21 de enero de 1812 los franciscanos que cuidaban de la ermita de san Vicente Ferrer, en el Captivador, renunciaron a celebrar en el oratorio los actos litúrgicos ante el temor de perder sus vidas.
Arriesgada -trágica para el francés- fue la aventura que protagonizó un arriero nuciero. Relata Francés Martínez y Martínez, en “Còses de la meua terra”, que el sujeto era un asiduo al mercado de los martes de Altea, donde compraba el pescado que luego vendía en Alcoy ; de regreso cargaba nieve en el puerto de Confrides y la mercaba en Altea. En uno de estos viajes de vuelta fue sorprendido por los franceses que le confiscaron el mulo y a el mísmo, obligándole a cargar trigo para la tropa que se dirigía a Denia. Naturalmente, como no estaba conforme con este proceder esperó la oportunidad para deshacerse del soldado que le vigilaba ; en las cercanías de les Covetes de Bernat el gabacho subió a la grupa del animal, momento que aprovechó el arriero para asirle de los pies y precipitarlo por el acantilado al mar.
El mísmo escritor alteano cuenta otro incidente igual de dramático : la muerte de dos nucieros, confundidos por espías, a manos de los franceses. En el camino de Rotes hacia la ermita de san Chochím hasta el Calvario, existía una roca de un metro de alta y unos dos de ancha : “es un monument consagrat per la fe y per el patriotisme, monument al més pobre y sencill que´s puga trobar. !Ni una inscripció, ni un signe que le diguen al pasejer que allí periren dos hòmens per la Patria¡…” Los alteanos, el Jueves Santo, rezaban el Vía Crucis en el Calvario y al llegar a dicha peña rezaban “un pare nostre ab una ave maría seguit de un requiscant in paçe” por estos dos patriotas. El autor alteano descubrió en el archivo parroquial de Altea en el libro de defunciones la siguiente anotación : “ En veinte y dos de septiembre del año 1812, fue enterrado en el cementerio de esta Parroquia, Roque Such, moso, hijo de Alejandro y de María Llorens, natural y vecino de La Nucía. Dr. Vicente Monsó P. y José Ferrer, moso, hijo de Joaquín y de Francisca Sais, natural de Polop y vecí de La Nucía. Dr. Vicente Monsó P.” La anotación está escrita en el margen en blanco del libro, lo que demuestra que el cura Monsó no las extendió hasta que los franceses abandonaron Altea y aún así con bastante temor, ya que no menciona la causa de la muerte, al contrario de lo que el cura tenía por costumbre.
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